Mi historia con el Opus Dei (IV)

 No recuerdo cuándo comencé a involucrarme más en los medios de formación que imparte el Opus Dei. 
Estos son actividades dirigidas a la formación de cristianos, herramientas y conocimientos para defender la fe. Dentro de los medios de formación están: el Curso Básico, el Círculo, los retiros, las convivencias... Empecé a involucrarme en todo y jalaba a Monse A. y a Mariana, eran las principales y a las que les gustaba eso.

Mi conversión fue gradual, no estoy segura de cuándo fue y qué frase o hecho concreto, fue lo que le devolvió el sentido a mi vida. Sin embargo, se que en tercero o segundo de secundaria yo tenía muchas ganas de que me involucraran más en cosas como los retiros mensuales y las Velas al Santísimo, ya tenía la espinita de la vocación, no porque alguien me hubiera dicho sino porque yo ya lo había visto. Quería retribuirle con mi vida a Dios, ese Dios que me salvó de la muerte, literalmente. Antes de conocerlo y tratarlo como me enseñaron en el Opus Dei, yo planeaba mi muerte, era infeliz; Dios llenó ese vacío que sentía, le devolvió la alegría a mi vida.

Las Velas fueron lo que me acercó más a Dios y cuando empecé a reafirmar mi decisión de entregar mi vida a Dios.  
Eran el último jueves del mes, las Numerarias invitaban algunas alumnas y nos quedábamos a dormir con ellas. En mi primera Vela yo era la única de tercero de secundaria, había como quince niñas de primero, otras cuantas de segundo y no recuerdo si había alguna de bach. 
Llevaba mi comida, supongo que sería una torta, me senté con todas a comer, terminando teníamos un poco de tiempo para hacer la tarea y luego empezaba el retiro. El retiro consistía en una plática sobre valores, virtudes o alguna fiesta importante que se celebraría en el mes, alguna práctica de piedad; luego, rezábamos el rosario, había una meditación guiada por el sacerdote, el rezo del viacrucis, la cena y luego la exposición del Santísimo, cantábamos el Adoro te devote en latín y luego nos anotábamos para velar durante una hora. 
La primera vez no me acuerdo a qué hora me anoté pero me acompañó Adela I. para ayudarme a hacer la oración. Eso era Velar, acompañar a Jesús Sacramentado, durante una hora.
Las lecturas y temas que Adela me daba para la oración eran muy sugerentes, todos hablaban de dejar todo y seguir a Dios. Aún así no estaba segura de decirle a nadie más sobre lo que ya se venía cocinando en mi alma.

Tercero de secundaria lo recuerdo como el año en que descubrí lo que era tener la atención de los hombres, un crecimiento espiritual grande, una cercanía a Dios que llenaba cada centímetro de mi existencia.
No recuerdo cuándo le dije a Adela que estaba barruntando el Amor, pero fue hasta segundo de bachillerato que me dejaron pedir la admisión. 

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